¡A los maestros del periodismo!


En esta ocasión no vamos a reseñar para la Biblioteca de EL TINTERO un libro de actualidad, sino a hacer un llamamiento, siempre a periodistas y no periodistas, a leer a los «clásicos», a los maestros del periodismo del XIX y las primeras décadas del XX. Para concretar más, y dado que suelen ser menos conocidos que los anglófonos, por ejemplo, y que en España tenemos cierta tendencia a valorar menos a los propios (veremos que lo decía ya Larra), nos centraremos en los españoles.

Por Tamara Crespo / @TamaraCrespoPer

Y aunque hayamos comenzado diciendo que no se trataba de una reseña de libros nuevos, lo cierto es que algunos de estos autores están viviendo una segunda vida -a veces, de tan desconocidos, una primera- al ser reeditados en la actualidad. No obstante, estos mismos aún pueden encontrarse en ediciones de segunda mano, lo que los hace asequibles para las gentes de este oficio o futuros periodistas, unos y otros, muy a menudo sin blanca, para qué nos vamos a engañar (antes se nos llamaba «bohemios»).

Uno de los casos paradigmáticos de esos autores que han estado habitualmente en las estanterías de cualquier hogar español (en infinidad de ediciones) es el de Mariano José de Larra. Para la generación del BUP sus Artículos formaban parte de la bibliografía de las clases de lengua y literatura y todos conocíamos especialmente su famoso Vuelva usted mañana. Huelga decir que Larra, su lectura o su relectura o el descubrimiento de nuevos escritos suyos, es una experiencia deliciosa -como ocurre con otros periodistas decimonónicos o de los albores del siglo XX- por su calidad literaria y por ser más incisivo e irónico de lo que muchos lo han sido después en épocas más propicias para la libertad de expresión: «Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros», explicaba el señor Fígaro al extranjero de visita en España en ese memorable artículo, publicado en el número 11 de la revista satírica El Pobrecito Hablador,  en enero de 1833. En la época romántica tenemos también a colaboradores de prensa como José de Espronceda, que escribió en La Alhambra (1839-1843) o casos como el del cronista Ramón de Mesonero Romanos, fundador del Semanario pintoresco español, por citar, como se suele decir para abreviar, solo a algunos.

Adentrándonos ya en el siglo XX, destacan figuras como la de Ramón Gómez de la Serna, periodista e intelectual de vanguardia, al que se pudo leer en periódicos anteriores a la Guerra Civil como La Tribuna, El Liberal, El Sol y La Voz y en muchas revistas, entre ellas Revista de Occidente, La Gaceta Literaria o Cruz y Raya, y del que no hay ediciones actuales.

En la misma línea, presentes en viejas ediciones pero en este caso, reeditados hoy en día, son indispensables Josep Pla o Julio Camba, en el caso del primero redivivos por editoriales como Espasa (colección Austral), Destino, Libros del Asteroide o Libros del KO) y en el de Camba, por algunas más: Fórcola, Libros del KO, Altäir, Reino de Cordelia, Pepitas de Calabaza, Renacimiento, Alhenamedia…, lo que da una idea de su vigencia. Camba tiene esa capacidad de penetración, esa ironía o sorna gallega, y como Pla, una cultura tan vasta que les convierte en ejemplos de lo mejor del oficio de cronista. Ambos fueron a su vez viajeros, por lo que dejaron excelentes aportaciones al género de la literatura de viajes, en la que tan a menudo, los mejores son periodistas.

El humorismo de Julio Camba, deudor seguro de la sorna gallega, lleva la carga de profundidad de la agudeza intelectual y le ayuda a mostrar la cara absurda de la realidad, no sólo de los individuos, sino de los países en los que vivió o estuvo de paso. Obras como Aventuras de una peseta (1923), crónicas dedicadas a Alemania, Gran Bretaña, Italia y Portugal, y La casa de Lúculo o el arte de comer, escrita en 1929 y fruto también de sus viajes por Europa son memorables. «La cocina española está llena de ajo y de preocupaciones religiosas», dice en el segundo, para explicar después «el origen religioso de todas las cocinas». Por su parte, el viaje de su peseta protagonista comienza a raíz de la catástrofe económica producida por la guerra del 14: «Había países donde la peseta tenía categoría de duro; países donde equivalía a cincuenta duros , y países donde era sencillamente millonaria. ¿Cómo quieren ustedes que, en vista de esto, la peseta no se lanzara a recorrer el mundo?». Cuando estalló esta primera guerra mundial Camba estaba en Alemania: «Hasta entonces los alemanes nunca me habían parecido tan alemanes», afirma, para explicar que no había encontrado «nunca jamás en Alemania la choucroute tan agria, ni las puertas tan pesadas, ni el pan tan negro, ni los cuellos que me traía la lavandera tan cargados de almidón, y tuve la sensación de que hasta entonces, Alemania me había sido desconocida».

En un libro de Julio Camba escrito hace casi un siglo, como es el caso de La rana viajera, podemos encontrar observaciones sobre la situación del país de este cariz: «Si yo fuese un escritor ministerial, ¡qué artículos haría acerca de las últimas elecciones! Nos han derrotado en las grandes ciudades -diría-, pero esto no nos extraña. Las grandes ciudades son verdaderos focos de corrupción, donde se van perdiendo íntegramente los sentimientos de humildad, obediencia y de amor al pasado. Casi todos los madrileños saben leer y escribir, y aunque una enérgica censura amordaza a los escritores de la mala Prensa, las ideas disolventes siempre encuentran camino por donde llegar al cerebro del pueblo. Indudablemente, el analfabetismo vale mil veces más que la censura». O, dos páginas más adelante, tras un capítulo dedicado a «El engaño de las crisis», esto, titulado «Acción política de los mariscos»: «Se inicia un cambio en la política española. Hasta hace muy pocos días, el político solía ser, entre nosotros, un hombre de la provincia de Pontevedra, amigo personal del marqués de Riestra y padre de una numerosa familia. Cuando un paisano mío carecía de oficio y no sabía hacer nada que le permitiese vivir en su tierra, si no tenía dinero bastante para irse a Buenos Aires, venía a Madrid y se dedicaba a ministro».

De la misma agudeza y estilo grácil pero lleno de profundidad puede decirse es la obra de Pla. En su fascinante Viaje en autobús, que reúne los artículos que redactó para la revista Destino en los años 1941-1942, dice de sí mismo: «Hasta ahora, he tenido la desgracia de no poder presentar a mis lectores un libro sobre algún país remoto, exótico y extraordinario. En mis libros no hay mosquitos, ni leones, ni chacales, ni objeto alguno sorprendente o raro. Confieso sentir, por otra parte, poca afición por el exotismo. Mi heroísmo y bravura son escasos. Me gustan los países civilizados. Desde el punto de vista de la sensibilidad me daría por satisfecho plenamente si pudiera llegar a ser un hombre europeo».

Como se observará, hasta el momento, todos, incluidos los reeditados, son hombres. Las mujeres periodistas que nos precedieron, algunas, muy pocas, reeditadas, y todas, pioneras, merecen un apartado especial precisamente por su invisibilidad general, que contrasta con los grandes trabajos que hicieron en circunstancias siempre mucho más adversas que sus colegas masculinos. Prometemos embarcarnos en la tarea en otra entrega para no alargar esta pieza, que no pretende ser exhaustiva ni científica, sino solo una llamada a mirar hacia atrás, a los maestros, que no sólo no están desfasados sino, y porque eran buenos periodistas, sabían mirar y contar la actualidad más allá de la actualidad.  La lista de los menos conocidos a los que merece la pena buscar es larga y hay algunas antologías que afortunadamente los han recuperado. Es el caso de Antonio Palomero, Alejandro Sawa, Pedro Barrantes, Joaquín Dicenta y Luis Bonafoux, unidos por Miguel Ángel del Arco en Cronistas Bohemios (Editorial Taurus, 2017).

Otra antología muy recomendable es la que FronteraD editó en 2014 junto a Jot Down Books, Maestros del periodismo. Obra de Eduardo del Campo, recoge artículos de once periodistas, entre ellos -esta sí-, tres mujeres: Rafael Barret, Magda Donato, Luis de Oteyza (del que la editorial Libros.com ha recuperado su faceta de investigador), Ramón J. Sender, Sofía Casanova, Chaves Nogales (otro de los autores objeto de ediciones actuales), Carmen de Burgos, Blanco White e Isidoro de Antillón, José Martí y Pedro Antonio de Alarcón. La «propina» de este libro llega en forma de una deliciosa «lección», un artículo publicado por Antonio Machado en el periódico de Baeza Idea Nueva para su primer aniversario y que es un bello alegato en favor del periodismo local.

Imágenes: FronterD y Turner.

 

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