Lacrónica: en defensa de la escritura y el periodismo


Texto: Tamara Crespo / @TamaraCrespoPer

Imagen: Círculo de Tiza. Fotografía: Álvaro Delgado

caparros-foto-alvaro-delgado«Conocer las palabras -barajar las palabras, conocer las palabras lo suficiente para elegirlas bien- sirve para decir algo más parecido a lo que uno quiere, en lugar de decir sin querer lo que ellas pueden». Eso es lo que hace Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), último Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, decir muy bien, lo que si en la escritura es necesario, para el periodismo es vital. La precisión y riqueza del lenguaje y su amor por este oficio le llevan a escribir también, en Lacrónica (Círculo de Tiza), recopilación que compone su último libro de no ficción: «Estoy harto de la palabra crónica: me tiene cansadísimo. Se usa demasiado, no se sabe qué dice, se confunde, se enarbola, se babea. Pero de algún modo hay que llamar a todo esto. Pensé que quizá podía usarla dándole un correctivo: poniéndola -habría dicho mi maestra de tercero- en su lugar. O mejor: fuera de su lugar. Volviéndola levemente impertinente. O, por decirlo de otro modo: sin tomarla -sin tomarse- en serio.»

Pero además de escribir bien, Caparrós pertenece al grupo de elegidos que a través de este género periodístico es capaz de ofrecernos una visión certera y crítica del mundo, la crónica de viajes le sirve para trazar ese camino que lleva de la actualidad a lo que trasciende, algo sólo al alcance de unos pocos. Podemos citar otro de sus libros más conocidos, El hambre, para demostrarlo: «Si usted se toma el trabajo de leer este libro, si usted se entusiasma y lo lee en –digamos- ocho horas, en ese lapso se habrán muerto de hambre unas ocho mil personas: son muchas ocho mil personas. Si usted no se toma ese trabajo esas personas se habrán muerto igual, pero usted tendrá la suerte de no haberse enterado. O sea que, probablemente, usted prefiera no leer este libro. Quizás yo haría lo mismo. Es mejor, en general, no saber quiénes son, ni cómo ni por qué. (Pero usted sí leyó este breve párrafo en medio minuto; sepa que en ese tiempo sólo se murieron de hambre entre ocho y diez personas en el mundo, y respire aliviado).»

En esta reflexión apunta otra importante, la pregunta, que siempre asalta al periodista, de por qué o para quién contar cosas que mucha gente no quiere leer. George Orwell dejó escrito, en su prólogo a Rebelión en la granja: «Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír».

Martín Caparrós hace eso, cuenta el mundo que le ha tocado vivir con precisión y amplitud, elige qué contar, porque ese es el trabajo de un periodista, y «frente a la aceptación general de tantas verdades generales», la crónica que a él le interesa es «desconfiada, dudosa, un intento de poner en crisis las certezas», algo incómodo siempre para lo establecido, para la «industria» instalada también en la información, e incluso hoy en día, para los ciudadanos acostumbrados ya a las «verdades» o «realidades» vendidas como un producto más de la sociedad de consumo. La existencia de esas crónicas, de cronistas que usan el género, también llamado hoy periodismo narrativo, «para adornar historias anodinas», para «lucir cierta destreza discursiva o sorprender con pavaditas o desenterrar curiosidades calentonas o dibujar cara de busto» le hacen estar a Caparrós a veces «contra la crónica o, por lo menos, contra muchas de esas crónicaa», y buscarse «otra manera o, por lo menos, otro nombre».

Lacrónica, así llamada al fin, recoge más de 20 años de sus trabajos y viajes (desde 1991 hasta 2014). En el texto que abre esta antología él mismo explica lo que ocurre con cierta frecuencia: ha llegado a ser un excelente periodista pero no pensó en serlo, «sucedió», dice. Y es que inició en el oficio, como aprendiz de fotógrafo, en el entonces recién creado diario argentino Noticias, donde su jefe fue nada menos que Rodolfo Walsh, verdadero «inventor» de la «novela de no ficción» o el relato literario-periodístico (Caparrós defiende que la crónica es también un género literario), diez años antes de que se atribuyera (o se auto-atribuyera) el hallazgo a Truman Capote. Salvo un breve lapso, Caparrós siempre ha trabajado como freelance, peleando por la independencia y el espacio necesarios, y contra la tendencia moderna (y ruinosa) de los medios de pretender dar al público «lo que quiere», en lugar de lo que se le debe dar. En eso es también muy claro: «Hay que hacer periodismo contra el público», tituló en una entrevista de este año Carmen Delia Aranda, del diario Canarias 7. En una de sus respuestas, el entrevistado aseguraba: «Hay que sacudirse esa obligación de los medios tradicionales de trabajar para darle al público lo que quiere. Uno tiene que hacer lo que tiene que hacer. Si le das lo que quieres, le das basura. Solo hay que ver la lista de lo más leído en las páginas webs de los grandes medios.»

En Lacrónica, el lector, periodista o no, encontrará muchas otras pistas para conocer el trabajo de un cronista: la importancia de la duda, la necesidad de contar (de explicitar) la primera persona en la forma de contar sin caer en el protagonismo, la necesidad de leer («No se puede escribir sin haber leído demasiado; no se puede pensar -entender, organizar, hablar-, sin haber leído demasiado».)…

El 16 de febrero de 2014, escribía en su blog Pamplinas la versión extendida de la pieza que abre Lacrónica, el día en que cumplía 40 años en la profesión: «Así que soy, parece, periodista. A veces todavía me sorprende. Yo detesto la superficialidad del periodismo, su suficiencia idiota, su pavada insistente; detesto la vacuidad, la vanidad, la vaguedad del periodismo. Y lo admiro y lo envidio cuando consigue contar o explicar algo con claridad, con buen estilo, con inteligencia, y lo intento desde hace 40 años y no quiero ni pensar cuánto menos me gustaría mi vida si hubiera hecho otra cosa.».

 

 

la_cronicaLacrónica

Autor: Martín Caparrós

Editorial: Círculo de Tiza

Páginas: 616

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