Por la libertad


Texto: Alma Trabajos / @almatrabajos

salud-mentalEn estos días hemos recordado en el mundo la importancia del papel del periodismo y hemos reivindicado libertad y respeto para que los periodistas podamos desarrollar nuestra profesión digna y honestamente, como se nos reclama desde el primer día que entramos en la facultad. Podemos escoger cualquier camino para debatir sobre las circunstancias que rodean este derecho fundamental y hoy yo me decido por el tratamiento que se hace de las noticias referentes a las personas con cualquier tipo de discapacidad. Vamos a ver cómo nuestra responsabilidad, sometida siempre a las condiciones que llegan desde esferas más altas a las del redactor raso, repercute en el concepto global de casi cualquier cosa.

Por supuesto que exijo una prensa libre de sogas -como esa a la que me he dedicado durante tantos años y que deja en mi recuerdo solo unas pocas excepciones- pero nunca me hubiera parado a pensar en que hay otras ataduras además de las controladas por los poderes.

Hace algunas semanas tuve la suerte de dedicar unos días a mi formación a través de las séptimas jornadas sobre periodismo social que organizó la Universidad de Valladolid en colaboración con otras instituciones, como FEAFES. Entre muchos otros temas se habló de discapacidad. Así rezaba en el programa el título de uno de los talleres y allí aprendimos, nada más entrar, lo inapropiado de usar ese vocablo para referirnos a una clase en la que precisamente se pretendía analizar cómo no hay que encarar este tipo de información. Así que debatimos sobre lo que nos había llevado hasta aquella aula: “la imagen de la diversidad funcional en los medios de comunicación de masas”.

En 2006 la ONU redactó la Convención Sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, el primer tratado internacional del siglo XXI que habla de sus derechos y, además, el primero jurídicamente vinculante. La primera lección que tomamos aquí es que el ser humano es diverso y, por encima de todo, todos somos personas. De modo que para evitar cosificar a aquellos que, en un principio, no son como la mayoría, siempre debemos colocar la palabra PERSONA delante del adjetivo. Ahora bien, la evolución sigue y el Tercer Sector prefiere eliminar el prefijo dis, por significar “negación, dificultad, anomalía o separación”, y opta por la expresión diversidad funcional. El objetivo no es otro que despatriar la idea de que esas personas carecen de habilidades u opciones de hacer las mismas cosas que los otros y de la misma manera. Lo acordó el Foro de Vida Independiente en 2005.

A la vez se está introduciendo el término INCLUSIÓN en el lugar de integración. Esto se explica con la frase “sobre nosotros, nada sin nosotros” y se empezó con esto ya en el año 2000. Es decir: ellos deben participar a la hora de legislar y decidir sobre discapacidades. No basta con que los demás diseñen cómo debe ser una vida mejor para las personas con discapacidad sin pedirles a ellas entrar en el debate. Así pues, inclusión va un paso más adelantada que integración.

Sin embargo echen un vistazo a algunos titulares:

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/02/12/madrid/1455304125_312925.html

El titular es un despropósito. Es una “ciega”, no una persona, y parece que ella lleva el bate. Además dicen en el titular que la agreden al entrar pero en el cuerpo de la noticia cuentan que ni siquiera le dejaron traspasar la puerta…Un lío.

Este otro ejemplo es aberrante:

http://www.cuatro.com/noticias/sociedad/Aparece-muerta-extirpado-acusar-padrastro_0_2174025553.html

Esta trata de la diversidad funcional y se refiere a una mujer con una discapacidad mental. Pero atención al párrafo del sumario que afirma: “Holli Jeffcoat, quien sufría (debemos eliminar también esos verbos de connotaciones negativas; simplemente ella es así) una discapacidad mental, podría estar embarazada de él y ese sería el motivo por el que su cadáver habría aparecido con el útero extraído”. Además de ser una redacción artificial, este texto la está culpando de que la hayan matado. Muy grave esto.

En estos casos el medio no se ha acogido a la guía de estilo “Salud Mental y Medios de Comunicación”. Por lo que a mí respecta, creo que en ninguna de las empresas de comunicación que he trabajado tenían este manual. Y sin embargo se está intentando hacer partícipes a todos los sectores de la tarea de conseguir que todos los ciudadanos entendamos algo tan importante y “utilicemos las palabras con sentido”, como reza uno de los lemas de esta guía. Deberíamos empezar por los periodistas, porque es nuestra responsabilidad, pero no veo que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (entre otros) asegure que todos esos esfuerzos llegan al último eslabón de la cadena.

En el periodismo existe precariedad laboral, asunción de demasiadas tareas por parte de los trabajadores, una objetiva falta de personal y la necesidad de querer contarlo todo cada vez en espacios de menor tamaño. Este yugo también impide que hagamos nuestra labor en buenas condiciones porque muchos textos no se analizan y se recurre al lenguaje asumido por repetición, casi siempre incorrecto. A lo que se suma el hecho de que nadie se preocupa de perseguir estas prácticas. Y sin controles, sin exámenes ni evaluaciones, los periodistas tendemos a relajar la exigencia de nuestros textos. Como haría cualquier mortal, todo sea dicho. Con este panorama, nos olvidamos de contar bien todo lo que tiene que ver con la discapacidad.

Por eso creo que a esa guía de estilo debe acompañarle un plan de actuación. Y si un medio no cumple estas normas del lenguaje sobre discapacidad, habrá de ser sancionado. Pero no decidiré yo, aquí y ahora, de qué manera. Una multa que, al contrario de lo que se pueda pensar, dará alas, riqueza, rigor y satisfacción a la tarea del periodista.

Desde esta digresión sostengo que sin la opción de formarnos (los periodistas) como se merece esta sociedad multicolor y multiforme, definitivamente, frenamos en la búsqueda de esa idílica libertad de prensa.

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