Por la abolición del 8 de marzo


DUNIA ETURA

10308247_417571208404067_6350883519231972738_nDesigualdad, discriminación, exclusión, segregación, disparidad, techo de cristal, brecha salarial, conciliación… datos, datos y datos, infinidad de datos con los que durante la última semana nos han acribillado los medios de comunicación para dejar claro, un año más, que la desigualdad entre hombres y mujeres es una insultante realidad lejos aún de superar.

Los contenidos publicados estos días, referidos a la conmemoración del Día Internacional de la Mujer no incluyen tristemente la parte de novedad que inexcusablemente requiere la noticia para serlo, y digo tristemente porque quizá si fuesen algo extraordinario cuestiones como que la mujer, simplemente por el hecho de serlo, cobre un 17% menos que los hombres, la reacción social sería mucho más categórica.

Vivir con familiaridad esta discriminación de género nos limita en la reacción. Algunos actores fundamentales para propiciar el cambio, como es el caso de los gobiernos, las administraciones publicas o los medios de comunicación, mantienen una postura de letargo que solo parece despertar los “días D”. Es cierto que los medios estos días se vuelcan en hacer más visible esta ignominia que a veces asumimos como propia e inevitable, pero existe cierta perversión en ese recitar de circunstancias y datos como si fueran ajenos a la sociedad en que se producen, como si fueran provocados por un Ente externo del que conocemos sus efectos pero no su filiación.

Algunos actores fundamentales para propiciar el cambio mantienen una postura de letargo que solo parece despertar los “días D”

Falta un análisis más profundo y comprometido de esos datos, que identifique a los responsables de la discriminación del 50% de la sociedad, para despojarles de su poder marginal. Porque la desigualdad no nace de la nada, se encuentra intrínsecamente ligada a la sociedad y sus raíces profundas hallan sustento cada vez que un político habla de faldas y ascensores, cuando un periodista frente a la amenaza dialéctica de una política en una tertulia recurre a insultos basados en los estereotipos más burdos posibles como gorda o fea, cuando a una jueza de línea en un partido de Regional le gritan desde las gradas puta, zorra o guarra y la recuerdan que su sitio está en la cocina por no estar de acuerdo con su actuación arbitral o cuando en un telediario para informar sobre una política en activo se dirigen a ella como señora de.

Las disculpas “por si alguien se ha sentido ofendido”, los 50€ de multa, el cierre de una parte de un estadio, la ausencia de responsabilidades en programas y medios de comunicación no ayudan a desterrar la desigualdad, más bien lo contrario, apoyan su perpetuación. Es urgente un compromiso radical que promueva la búsqueda de soluciones efectivas -las que se han llevado a cabo hasta ahora parece que no lo son- que garanticen la igualdad en un espacio de tiempo determinado.  Erradicar la desigualdad y por tanto el 8 de marzo, como la pobreza, es cuestión de Voluntad, es una cuestión de Justicia.

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