La espontaneidad de Raúl del Pozo cierra las I Jornadas de Columnismo


Texto: CARLOS SANTAMARÍA
Imagen: UVa

fotodelpozo1A escribir se aprende leyendo. Esta máxima que se enseña desde Primero de carrera es la principal conclusión que han alcanzado las decenas de asistentes que, día a día, dejaban pequeño el Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid para recrearse con las magistrales exposiciones de las prestigiosas plumas que conformaron el plantel de las jornadas ‘La literatura de diario’.

Desde Pilar Sánchez-García hasta Antonio Lucas, no hubo ponente que no destacara la importancia de asimilar y comprender la palabra impresa para redactar un adecuado artículo. Unas jornadas de periodismo que se centran en uno de los géneros menos estudiados, pero a la vez más seguidos por los lectores de periódicos, no podían clausurarse sin la aportación de uno de los columnistas más prestigiosos de nuestro país, Raúl del Pozo, quien se mostró encantado por estar en Valladolid, según él, la “cuna del columnismo moderno”.

Para Del Pozo, el periodismo es una profesión “que empieza cada día”, una herramienta de la que no dejas de aprender y que se hace imprescindible para conocer la actualidad, saber qué piensa la gente y escuchar ese ‘ruido de la calle’, el aporte literario que nos invita a empezar a leer El Mundo por su contraportada, un epílogo donde hay cabida para todo y para todos. Es esa facilidad de criticar con argumentos irrefutables lo mundano y las corruptelas que a diario llenan las páginas de los periódicos, lo que le ha granjeado a este manchego no pocos enemigos y a la vez un importante batallón de seguidores, amantes de un peculiar estilo que le ha impedido estar atado “a una mesa”.

Ve en la columna “el soneto del periodismo, una novela de 500 palabras”, aunque reconoce el reportaje como “género supremo”, debido a la gran carga literaria que permite desarrollar y no quiso despedirse de los presentes sin rogarles algo tan sencillo como contar siempre la verdad.

Leer, escuchar, razonar, tener voluntad y no mentir son los ingredientes necesarios para que la literatura de diario siga endulzando el paladar del lector más exigente.

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