Ignacio Camacho: “Sin una expresión correcta y pulcra, la narrativa periodística carece de credibilidad”


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(Discurso íntegro de Ignacio Camacho al recibir el XIX Premio Nacional de Periodismo Miguel
 Delibes, el 29 de enero de 2015 en el Teatro Calderón de Valladolid)

El hombre, escribió Octavio Paz, es un mono gramático. Un ser humano perplejo ante la realidad del mundo que encontró en las palabras el modo de entenderlo y ordenarlo. El lenguaje no es sólo nuestra forma de comunicación sino la expresión razonada del pensamiento; el logos, dice Heráclito, representa la inteligencia que dirige y da armonía a nuestra existencia en el universo. Somos seres lingüísticos, que hablan y escriben; la sintaxis es el símbolo de nuestra razón y pertenece, como dejó escrito Valèry, a las facultades del alma.

ign3Como relato moderno del mundo, el periodismo supone ante todo un ejercicio de lenguaje. El lenguaje es la herramienta del periodista, cuyo aprendizaje comienza en el conocimiento del idioma y de sus claves. Sin una expresión correcta y pulcra, la narrativa periodística carece de credibilidad porque le falta el requisito cardinal de la coherencia expresiva. En su dimensión ideológica, intelectual o ética, el periodismo depende del lenguaje para construir categorías de convicción sólidas a través de esa fórmula de persuasión que hemos dado en llamar el estilo.

Lo diré de otro modo: no hay buen periodismo sin buena expresión, una exigencia tan primordial como la precisión, la exactitud, el rigor o la honestidad. Los periodistas no tenemos coartada para escribir mal o hablar sin corrección como no la tenemos para inventar hechos o deformar realidades. Ni la urgencia, ni la inmediatez, ni la costumbre; ni la volatilidad de los soportes, ni el desarrollo de la tecnología, ni la precariedad, ni la rutina. La primera lealtad de este oficio se la debemos a la verdad; la segunda, al idioma que nos sirve para contarla. Ésa es la enseñanza esencial de los maestros cuya estela seguimos como referencia: palabras exactas, intenciones honradas y ojos abiertos.

Quiero por eso mostrar mi gratitud en primer lugar a la Asociación de la Prensa de Valladolid por instituir un premio periodístico que exalta el buen uso de la lengua española, y en segundo término al jurado que me ha estimado digno del honor de recibirlo. Dejadme deciros que entiendo la distinción no como un reconocimiento sino como una responsabilidad; no como una recompensa sino como un estímulo. Al asociar mi nombre al de Miguel Delibes, maestro de la literatura y el periodismo, referencia incontestable del oficio de escribir, habéis depositado sobre este articulista un compromiso de excelencia que conlleva la obligación moral de lealtad a su legado. Delibes representa el paradigma del escritor puro y del periodista cabal, consagrado a pulir el brillo del cristal de un idioma que en sus textos adquiere la desnuda y fibrosa concisión de una vara de avellano. Pero también encarna la disciplina honesta y entregada del periodismo sensato y serio, maduro y juicioso, testigo independiente del tiempo y de las circunstancias; la vocación stendhaliana del espejo en el camino de la Historia. El suyo es el ejemplo diáfano y constante de este quehacer que García Márquez definió como una pasión insaciable: el de contar con palabras la complejidad del mundo y ordenar con el pensamiento el sentido de nuestra presencia en él. Su herencia es la de la voluntad del método y del estilo, la del trabajo perfeccionista, depurado y tenaz para encontrar en el lenguaje el ritmo exacto y el significado justo; esa labor callada, minuciosa, pertinaz, que convierte la escritura en una manera de vivir, en un contrato moral con uno mismo. En un ejercicio de la conciencia.

ign 1Por todo eso el Premio Miguel Delibes constituye para un escritor de periódicos mucho más que una deuda de agradecimiento; se trata de un compromiso de fidelidad para con su virtuoso ejemplo de nobleza, dedicación, esmero y honradez intelectual. Vengo a aceptarlo desde la Sevilla de Bécquer y de Blanco White, de Cernuda y de Romero Murube, a la Valladolid de Calderón y de Núñez de Arce,  de Zorrilla y de Cossío, de Chacel y de Martín Garzo; desde la Sevilla donde germinó el español de América a esta ciudad en la que el idioma decanta con pureza transparente su orgullo liminar de llamarse castellano. Vengo como don Antonio Machado de los valles del Guadalquivir a las planicies del Duero; vengo de la estirpe centenaria de ABC a la del señorial blasón de El Norte de Castilla; vengo a través de las huellas valientes de Chaves Nogales hasta el territorio donde Umbral bebió en la fuente de su indiscutible liderazgo en el articulismo español contemporáneo. Permitidme que bajo esa doble tradición, gracias a vuestra generosidad y con vuestra venia,  invoque esta noche ante vosotros el magisterio cenital y luminoso de Miguel Delibes para acogerme a sagrado bajo la gigantesca sombra de su memoria.

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