Y de repente…. el ébola


Pedro Barreda 
Fuente: JCyL

Fuente: JCyL

Cuando esto se publique, probablemente Teresa Romero espere los últimos análisis que celebren que ya no tiene anticuerpos, justificando así el suspiro colectivo de alegría por su triunfo frente al ébola. Habrán sido tres semanas, un día tras otro, que me sirven para plantear la primera de las consideraciones que, desde la Asociación de la Prensa de Valladolid, han tenido la amabilidad de pedirme como delegado de Asociación Nacional de Informadores de la Salud en Castilla y León aunque me gustaría -lo preferiría así- que se entendieran más como periodista dedicado a la información sanitaria.

Esa reflexión inicial tiene mucho que ver con las demandas y tiempos informativos y, también, con una cultura audiovisual latente en nuestra experiencia social y cultural, que ha influido en toda esta crisis: la realidad sanitaria no se resuelve en cincuenta minutos, no es un capítulo de ‘House’, sino que tiene unos tiempos que es nada se asemejan a los que la ‘¿sobrecarga informativa?’ del mundo informativo actual exige, con los actores, cada vez más instalados en la primicia, sin darse un respiro, ya no digo para confirmar sino para pensar en lo que publicamos y en las repercusiones que pueda tener cualquier información, multiplicada por la globalidad de redes sociales e internet.

Dicho esto, vayamos al ‘cacho’. La confirmación de un caso secundario de la enfermedad por el virus del ébola en España nos sacaba de la burbuja de complaciente seguridad ante el drama sanitario que se vive en el occidente del África y al que apenas nos habíamos asomado. La llegada de los dos misioneros repatriados lo llevo a las primeras páginas. Estábamos más preocupados, lógicamente, en el desenlace y en discutir sobre su traslado más que en mostrar la gravedad de la emergencia sanitaria que allí se sufre e informar a nuestra sociedad correcta y serenamente sobre la enfermedad, su contagio, la prevención y las medidas que se llevaban meses preparando y adoptando, de acuerdo con las autoridades sanitarias mundiales. Por no decir el haber perdido la oportunidad de concienciar a nuestra sociedad sobre la necesidad de aportar recursos con los que atajar éste y otros brotes de enfermedades que sacuden al continente africano. Tiempo perdido.

Ese primer contagio fuera de África reventaba la actualidad y en muchos casos, demasiados para mi opinión, la inmediatez; la falta de rigor y de documentación; la espectacularización y dramatización –de nuevo, el acervo que antes mencionaba: los trajes de ‘Estallido’ y otras tantas películas por la calle- buscada de la noticia; y la incapacidad, ya sea por la situación profesional estructural y las presiones de ‘los de arriba’, por una voluntad propia enraizada en la falta de unos códigos deontológicos válidos para afrontar una situación como ésta o por ambos, nos dejaba demasiados ejemplos de un hacer periodístico caracterizado por el sensacionalismo y la falta de mesura y de responsabilidad social.

La aparición de ‘ínclitos tertulianos’ y otros actores de todo tipo contribuían a la desinformación y la transmisión de un miedo injustificado

Como siempre, la aparición de ‘ínclitos tertulianos’ -paradigmas de aquel dicho de ‘periodistas: conocedores de todo, expertos en nada’ que hablan, hablan, hablan,…, intentando transmitir esa idea de autoridad que justifica su presencia- y de otros actores de todo tipo -institucionales, políticos, sindicales, mediáticos, sectoriales, etc.-, cada uno ‘llevando el ascua a su sardina’, contribuían a la desinformación y a la transmisión un miedo injustificado más allá de una situación nueva, sanitariamente peligrosa, pero mucho más controlada de lo que parecía tras ver un rato la tele.

Demasiado ruido y atropello, demasiados espacios para rellenar como para distinguir la información correcta -que la hay y la había antes y muy accesible- de la vorágine sensacionalista que algunos planteaban. Sirva como ejemplo algún periódico que mezclaba páginas de información documentada con declaraciones cuasi-apocalípticas de un celador sin identidad, entrecomilladas y a cuatro columnas, con la misma credibilidad que si fuese la mismísima doctora Chan, directora general de la Organización Mundial de la Salud…

Fuente: CDC

Fuente: CDC

El escenario se complicaba día a día y la Asociación Nacional de Informadores de la Salud (ANIS) divulgada un comunicado que, en sí mismo, al dar sus recomendaciones, era un auténtico diagnóstico de la situación en España. Esos ‘criterios básicos para la gestión informativa de la crisis’ enraízan, a mí forma de entender- con tres principios que deberían regir la actividad periodística si hablamos de salud, sanidad y de pacientes, con sus derechos individuales protegibles: sentido común, empatía y responsabilidad social, tanto de los profesionales de la información como de los medios (sí, sí,…, he oído las carcajadas)

A las autoridades sanitarias se les recordaba que, para hacer una correcta gestión informativa debían: ofrecer toda la información disponible con total transparencia y veracidad; evitar rumores y mensajes contradictorios que generan desinformación y alarma social; proporcionar portavoces expertos y adecuados que mantengan un contacto periódico con los medios de comunicación durante la crisis; respetar la intimidad de los afectados, de su familia y de su entorno; y escuchar a sus profesionales de comunicación expertos en información de salud. Parece obvio, ¿no? El problema aquí, según mi opinión no fue tanto en la gestión que se hizo de la información institucional en un primer momento como de lo que había detrás: se convocó a los medios rápidamente; se divulgó lo que se conocía entonces; estuvieron presentes expertos sanitarios a disposición de los periodistas ya desde ese primer contacto pero… el principal de esos portavoces, herido desde hace mucho de un grave problema de credibilidad política, se mostraba además tan desbordado que arrastró con ella a los otros intervinientes.

Decidimos dar mayor peso a la política que al servicio público, orientando la opinión publicada en una búsqueda de responsabilidades de la que no era el momento

Los periodistas, que buenos somos, ‘olimos sangre’ -¡Premio para el que recuerde cual fue la segunda pregunta en la rueda de Prensa de marras! Una pista: no fue para que los expertos presentes explicase algo-. Y decidimos dar mayor peso a la política que al servicio público, orientando la opinión publicada -Internet y las redes sociales hicieron el resto- en una búsqueda de responsabilidades de la que no era el momento; ya lo habrá después y esperemos que de forma muy exigente y con consecuencias reales. Esa situación y la paulatina divulgación de errores asistenciales provocaron que la autoridad sanitaria que debería liderar la gestión de la crisis también en lo informativo pasase a la defensiva, quemando naves hasta llegar a los esperpentos que todos conocemos y al brusco cambio de timón del que también hemos sido protagonistas.

Fuente: JCyL

Fuente: JCyL

En el caso de los periodistas, la ANIS establecía como criterios básicos de actuación los siguientes: ofrecer una información rigurosa y contrastada; evitar los bulos, los rumores y la especulación; seleccionar fuentes expertas, suficientemente acreditadas desde el punto de vista técnico y clínico como portavoces; respetar la intimidad de los afectados, de su familia y de su entorno; y poner profesionales especializados en salud al frente de la información de esta crisis. Que cada uno saque sus conclusiones sobre si esto se cumplió o no, sobre todo durante la primera semana de crisis. A mí, si me preguntan, creo que perdimos una buena oportunidad de cumplir con algunos de los fines sociales de la profesión, poniendo por delante el interés general, el servicio público y la información útil y aclaratoria frente a otras consideraciones que no han ayudado a la en esta crisis. Puede que mi conclusión peque de generalista y de pesimista, obviando buenos ejemplos que también ha habido. Habrá quien justifique que el periodismo ha de ofrecer la visión poliédrica de la sociedad y de sus agentes, simplemente dándoles voz pero yo creo que con eso no basta en determinados temas y con el actual flujo informativo. El periodista y los medios han de servir de guía fortaleciendo aquella vieja función de ‘formar’. Y si no, pues habrá que cambiar de discurso cuando se nos llena la boca hablando de la profesión y su importancia social.

La divulgación de fotografías de ella ingresada mientras recibía tratamiento en el ‘Carlos III’. ¿De verdad eran necesarias?

Ya termino, disculpas si me he extendido más de lo debido y gracias si has llegado hasta aquí, pero no quiero hacerlo sin una referencia a uno de los episodios más tristes de toda esta situación, una vez que Teresa Romero ha vencido al ébola: la divulgación de fotografías de ella ingresada mientras recibía tratamiento en el ‘Carlos III’. ¿De verdad eran necesarias? ¿Aportan algo a la información y si es así, algo que dudo, es más importante que la preservación de su derecho a la intimidad mientras lucha contra una enfermedad letal? Y a modo de reflexión: ¿le gustaría a los que decidieron su publicación si se tratase de ellos o de alguno de sus seres más cercanos? Lo dicho: sentido común y empatía.

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Un comentario en “Y de repente…. el ébola

  1. Qué importancia tienen esas dos “cosas”: sentido común y empatía. Lo que pasa es que muchas veces trabajando con las dos te quedas por el camino.

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