Habrá que secar el papel mojado


ROSA FUENTES / @Rosafu62

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Era la profesión más hermosa, la que describía gota a gota el canto de la lluvia, la que revolvía sin descanso hasta encontrar todos los porqués, la que amanecía hasta el anochecer y brindaba por cada luna sin perder el entusiasmo; era la que permitía un viaje de dos horas por carreteras curvadas para entregar una tarta de cumpleaños a un cura centenario y montar con ella la foto de portada de una hoja de lunes estilo tabloide.

Era un trabajo casi intenso, en el que las horas no eran sino un complemento del esfuerzo constante y donde el papel suponía un privilegio al que había que sacar el máximo rendimiento.

Era creer en la verdad y provocarla sin miedo a nada ni a nadie. Por eso era un mundo lleno de periodistas, de trabajadores muy trabajadores que sentados ante un teclado lograban hacer llegar a los ciudadanos lo que debían de saber en todos sus ámbitos. Periodistas, también, que ante las cámaras de televisión resolvían cualquier imprevisto y que brillaban con luz propia en las retransmisiones de radio o en los gabinetes de prensa.

Eran unos mejores tiempos en los que el golpe de la mano derecha encima de la mesa no mostraba autoridad sino compromiso, sensibilidad, rigor, exclusividad. Se podía gritar, descontrolar, atravesar algunas líneas rojas, como en los cráteres, pero estaba permitido sonreír a carcajadas, tararear los titulares y que la máquina de escribir escupiera teclas en el instante más preciso del cierre. No era obligatorio saber que Flipper era un delfín, pero lo sabíamos todos. Y hablábamos de McLuhan porque era muy listo pero, al contrario que él, no teníamos miedo a la tele.

Era pura adrenalina sentir de cerca el arranque de la rotativa, una cascada de tinta que llegaba caliente al quiosco; e igual de placentero resultaba pararla y meter la más última de las noticias en mitad de la noche.

Y todo se acabó. Pasaron los años, muchos en general, y las empresas, con alguna excepción, se llenaron de empresarios para los que la información ni siquiera podía actuar de telonera. Crearon lugares donde la transparencia sólo se presentía en las cristaleras de los despachos y comenzaron a contratar por contratar, sin pasión, sin conocimiento, sin entrega. Y no dijimos nada.

Todo lo demás vino rodado. Como en una riada de despropósitos, fuimos aplastados y aplastándonos. Caminamos por desiertos sin arena y alcanzamos cumbres demasiado borrascosas. Y nos encabronamos, pero no dijimos nada.

Claro que hemos llegado al fondo y ahora toca lo que toca, hacer y deshacer por nosotros y para nosotros, apostar por todo lo posible o por algo más. Debemos de poner en marcha la inteligencia, porque sabemos ejercitarla; la creación, porque hemos nacido con ella; el arte, porque siempre hemos pisado escenarios curtidos; y el trabajo, porque conocemos cuál es la mejor forma de hacer las cosas sin entrar en terrenos fangosos.

Y para ello no cabe rectificar, ni pisar más fuerte, ni adelantarse a los acontecimientos porque ya han llegado. No hay magia alguna que nos ayude a salir de este envoltorio, pero contamos con nuestro propio empuje, con el tesón que siempre nos ha acompañado y con la capacidad precisa para volver a empezar.

Tal vez tengamos que dejar el consuelo para otro momento y pasar deprisa a la unión, la misma que en cualquier historia ha hecho la fuerza, y a eso que llamamos corporativismo y de lo que apenas hemos presumido.

Y tal vez tengamos que jugarnos el prestigio, igual una vez más, contando al pequeño mundo que nuestra profesión, entre otras cuestiones, tiene un precio y que eso se traduce en un salario y no mínimo, precisamente. Y lo pintaremos en las paredes si es necesario, porque quien pretende que nuestro trabajo no esté remunerado ni respetado nunca dejará de ser canalla. Y ahora ya no podemos permanecer impasibles. A ver qué se nos ocurre. Igual es más fácil de lo que imaginamos.

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2 comentarios en “Habrá que secar el papel mojado

  1. No se podría decir de forma más clara y lírica, lo que fue una profesión, como tantas otras, aniquilada por las “nuevas corrientes” que irrumpen con violencia en la sociedad, para despojarla de lo puramente humano. Esperemos que el tiempo coloque las cosas en su sitio.

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