Cara y cruz. El periodismo ante las catástrofes


RUBÉN BLANCO / @rbnarros

Desde antiguo se ha dicho que las grandes catástrofes humanitarias sacan lo mejor del ser humano. Por unas horas, olvidamos todo lo accesorio para centrarnos en lo único importante: la vida. En ocasiones, muchos arriesgan su propia existencia en beneficio de un tercero. Por desgracia, nuestro país no ha sido ajeno a ese hecho. Golpeados por el terrorismo de ETA desde hace cuatro décadas o, también, por el islamista, aquel fatídico 11 de marzo de 2004. Pero no hace falta retroceder tanto tiempo. Este mismo año, un accidente ferroviario volvió a elevar a la categoría de “héroes” a los vecinos del barrio de Angrois, en Santiago de Compostela. Ellos fueron los primeros en percatarse del trágico suceso y en acercarse hasta los vagones del Alvia para socorrer a los múltiples heridos.

Una vez que las víctimas están atendidas llega el momento de evaluar cómo se ha producido el hecho. En ese examen se controla todo: desde el tiempo de reacción de los cuerpos de seguridad, los sanitarios, la respuesta de los políticos… hasta la labor informativa llevada a cabo por los distintos medios de comunicación. Para muchos gallegos, este accidente supuso el reconocimiento a su televisión autonómica, TVG, que se volcó en la elaboración de unas piezas informativas que fueron más allá de la típica conexión en directo.

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Un hecho bien distinto al que sucedió en Estados Unidos el pasado 15 de abril, durante el transcurso de la maratón de Boston. Un artefacto hizo explosión en plena calle provocando más de doscientos ochenta heridos. Los medios de comunicación cometieron muchos errores aquellas horas. Se dejaron guiar por el éxito que acompañaba a las redes sociales, haciéndose eco de todo lo que generaban, sin discriminar una información de otra; la verdad de la falsedad. Aún pasará mucho tiempo hasta que los lectores de New York Post olviden la portada en la que se mostraba una fotografía de los dos sospechosos acusados de poner la bomba. Sospechosos que no eran tales sino simples espectadores de la maratón cuyo único “delito” era estar de pie, hablando, mochila en mano.

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Por suerte, hubo un medio que logró la excelencia a la hora de informar sobre este hecho y devolvió parte del prestigio a esta profesión. The Boston Globe se convirtió en el ejemplo a seguir. Instantes después de producirse el suceso, eliminó su página de pago para acercar la información a todo aquel que lo desease, de forma gratuita. Además, redirigía todo el tráfico generado por los lectores ávidos de información sobre el suceso a un blog que se iba actualizando cada pocos minutos. Por último, la elaboración de unos gráficos sencillos pero muy cuidados ayudó a comprender cómo y dónde se produjeron los explosivos. Una labor con sello español puesto que el equipo de infografistas está formado, entre otros por Chiqui Esteban, Gabriel Florit y Javier Zarracina.

foto 3Y todo ello gracias a una redacción que se involucró con el derecho de información que pertenece a los ciudadanos y que dejó de lado los recortes de plantilla que habían afectado al diario. Puso en valor la profesionalidad y el deber y dejó en evidencia a aquellos que, como salida a la crisis, optan por el camino más fácil: recortar gastos eliminando puestos de trabajo, lastrando la labor informativa a la que debe responder un medio de comunicación. Hizo que periodistas y ciudadanos creamos, una vez más, en este oficio con vocación de servicio público.

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