Vuelvo, a casa vuelvo… por Navidad


ANA ROMÁN GARCÍA / @AniTa_RgMp

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Todas las calles de Dublín brillan más que en ninguna época del año. Árboles, Papá Noel, adornos por todos los lados. Esto sólo tiene que deberse a una cosa: ¡es Navidad! Y yo no puedo estar más contenta. Ha empezado la cuenta atrás. En tan sólo una semana: Dublín-Madrid-Valladolid y… FUENSALDAÑA.

 Porque sí, vuelvo a casa por Navidad, soy como el Almendro –el famoso anuncio me viene que ni pintado-. Y como yo, supongo que todos los demás jóvenes que se han ido fuera a probar suerte o a mejorar un idioma, se encuentran en la misma situación.

 Ya me imagino lo que voy a ver en el Aeropuerto de Barajas cuando traspase la puerta de ‘llegadas’: padres e hijos completamente emocionados y fundiéndose en un gran abrazo.

 Ese momento es único, especial. Reencontrarse con amigos y familia –no directa- tras un tiempo sin verse hace ilusión, pero con los padres y, en mi caso, hermana, es lo máximo, no tengo palabras. Y es que a medida que va pasando el tiempo, la distancia cada vez va pesando más.

 Las Navidades siempre han sido días de locura en los aeropuertos, estaciones de trenes, de autobuses… Unos que van, otros que vienen, otros que se citan en un término medio. Saludos, risas, lágrimas. Pero en los últimos años, estos desplazamientos se han incrementado, y no por gusto precisamente, ya que la realidad ha cambiado notablemente.

 El que vuelve a casa ya no es ese tío tuyo que apenas conoces porque toda su vida ha estado trabajando en el ‘extranjero’ –como se solía decir- donde tiene una vida más que cómoda y asentada.

No, el que vuelve ahora por Navidad es una servidora, son mis amigos, tus primos, el vecino del quinto, que hartos de querer y no poder trabajar, nos hemos llenado de valor, hemos cogido la maleta y nos hemos ido a ese ‘extranjero’ sin saber muy bien cómo nos van a ir las cosas ni lo que nos vamos a encontrar, y no de vacaciones o a vivir la vida –como he oído en alguna que otra ocasión-. Pero no me quiero enfadar, que es tiempo de paz y amor, ¿no?

Y bueno, la llegada de la Navidad también conlleva que diciembre se va despidiendo, y damos la bienvenida a un nuevo año con la esperanza de que sea mejor que el que dice adiós –algo que, por otra parte, no es difícil-.

Es hora de hacer balance, de olvidarnos y aprender de los errores, de quedarnos sólo con lo positivo, y de hacer todo lo posible para que nuestros sueños por fin se cumplan en este nuevo libro con 365 hojas en ‘blanco’ que tenemos por delante y que nosotros mismos nos encargaremos de escribir.

 ¿Mis deseos para el 2014? Son tantos, que aquí -y para que no penséis que me he olvidado de la base de #elTINTERO-, me voy a centrar en esa maravillosa profesión –mi profesión- que es el periodismo. Así que, espero que en este nuevo año al periodismo y a los periodistas se nos dé el lugar y la importancia que nos merecemos; que se apueste por el buen periodismo y se deseche todo aquello que no se le parezca ni de lejos; que no se nos utilice como arma política; que se tenga muy presente que estar informados es un derecho como ciudadanos que somos y que, por lo tanto, nos dejen hacer nuestro trabajo libremente; que se den más oportunidades a los que estamos empezando… Y como tengo una lista interminable, resumo diciendo algo que a todos os sonará: “Sin periodistas no hay periodismo, y sin periodismo no hay democracia”.

¡Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo!

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