Vocación especial y necesidad definida


ADRIÁN LEAL MARTÍN

Imagen artículoBuena parte de los nacidos en la segunda mitad de los ochenta y ya nacidos a principios de los noventa estamos haciendo frente a las erróneas expectativas que adquirimos durante nuestra vida académica, desde sus inicios hasta que madura la toma de conciencia.

Estudiar era sermoneado como un garante de progreso personal, profesional y económico. Si sacabas buenas notas podías pasar al curso siguiente, y a partir de un momento la nota contaría para acceder a una titulación superior, si es que el entonces adolescente se decantaba por ese camino. En todo el proceso de la superación de los cursos académicos y del progreso de esa persona que sigue trabajando la vida lectiva existe la constante de la especialización y la definición.

Me podría meter perfectamente en un jardín bien complicado al hablar de educación, a propósito de la que está cayendo, pero no es la intención de este artículo. Sí que hago la reflexión de que una persona es educada en la importancia y virtud de la especialización a lo largo de su vida y el problema que puede surgir cuando esa persona no puede desarrollar su potencial en un área con límites (no estrictos) en la que se ha formado.

Soy un defensor de la definición y por extensión de la especialización, pero no deja de ser un drama que determinadas personas con una titulación superior superada, orientadas a una labor profesional bien e imposiblemente mejor definida, no puedan ejercer de aquello en lo que han invertido tanto tiempo, seso frito y dinero. ¿Debe sentirse culpable el que estudia algo en lo que se siente cómodo y ver que no obtiene la recompensa del trabajo y la remuneración que había imaginado previamente? La respuesta no puede ser más que un “no”.

Existe una gran disonancia entre lo que se predica y hace entender al alumno en todas las fases académicas de su vida y el problema de una apta y adecuada inserción laboral

 Una persona elige una profesión porque se siente conforme realizando esa actividad, porque tiene aptitudes a propósito de ella y porque le permite crecer personal y profesionalmente. Qué gran injusticia sería tener la sensación de poder elegir y sin embargo optar por algo que sólo es un cúmulo de tragos amargos.

Despilfarro, la no especialización

Entiendo que hay gente que tiene dinero y puede permitirse picotear, probar suerte o indagar en diferentes ramas del saber (si cualquiera lo duda que hable con un profesor de universidad que no es de su especialidad) sin dejarse imbuir lo más mínimo por esa carrera. No tengo ninguna fe en ser “hombre de muchos oficios, pobre seguro” que, como se puede entender del refrán, no es algo positivo. Los periodistas somos como “navajas suizas”, y aprovecho para decir que estas palabras las escuché en el ‘Curso de herramientas digitales’ organizado por la APV para los recientes 29 y 30 de noviembre, y la amplitud de miras está en nuestra naturaleza. Critico no tener un rumbo fiable.

 ¿Qué sentido tiene que estudie Periodismo y contemple en todo momento ejercer mi profesión para un medio de comunicación (visión clásica adquirida), y después me sumerja en una filología con una casi total orientación al ejercicio docente si yo no quiero ser profesor? ¿Qué sentido tendría que tuviese, como realmente tengo, gusto por las Ciencias Sociales, que ‘trabajase’ (al estudiar se trabaja mucho) una barbaridad para finalizar Derecho con la conciencia cabal de que así podría ejercer como fiscal, y al terminar la titulación me pusiese a estudiar Ingeniería Industrial? ¿Cómo se sentiría una persona que después de andar con éxito el camino de la especialización académica y lograr una ‘identidad laboral’ (aun sin tener un título cada uno es alguien, no hay que olvidarlo) se pusiera poco después a estudiar una nueva carrera que no le permite crecer en lo que había elegido? Respondo a estas preguntas con esta respuesta: esa persona se sentiría como si volviese a tener 18 años y el progreso realizado se quedara en agua de borrajas.

Por lo tanto, creo en la especialización, aparte de que me lo repitiesen hasta la saciedad en la pasada vida académica, pero por vocación, bajo libre elección y sentida conformidad. No creo en el despilfarro del tiempo y del dinero, bien distinto de que las circunstancias puedan obligarnos a alejarnos de un objetivo previamente señalado.

 Es un drama verse forzado a abandonar una senda que respondía a una voluntad sincera porque no te dan dinero si te ofertas para ejercer esa profesión, y sin dinero no se puede ir a ningún sitio. Podría ceñirme perfectamente a la titulación de Periodismo, pero además de esta, ¿cuántos otros licenciados e ingenieros están tratando de rascar unos euros vendiendo colonias, batidos y otras cosas que no eran parte del plan de estudios que ‘trabajaron’ sinceramente? En esta última pregunta he omitido a los emigrantes jóvenes con estudios superiores, que no son pocos.

La definición profesional acorde con el deseo de una persona es garante de estabilidad, rigor y productividad para aquellos que analicen el rendimiento del trabajador

 Es doloroso que una persona que tiene muy claro por dónde quiere prosperar se vea obligada a hacer cosas que no son lo ‘suyo’. En esta descripción poco alentadora del panorama laboral para titulados con vocación soy incapaz de dejar de creer en la definición profesional y en la especialización. Animo, en la medida de lo posible, a aquellos jóvenes que por avatares de la vida no tienen independencia económica, que en el mejor de los casos tienen el techo y la posibilidad de comer en casa con sus padres u otros compañeros, a que procuren mejorar en aquello en lo que creen si se lo pueden permitir. Eso de tener un colchón económico familiar o por la vía que sea no es para siempre, y la necesidad de prosperidad del individuo debe ser irrefrenable.

 Mientras haya posibilidad de mejora profesional hay que optar por todas las opciones que conduzcan a ese mismo fin, escribir en blogs, subir fotos, actitud proactiva,… ¿No nos pagan? Antes de recurrir a la venta de perritos calientes, o de buscar cualquier empleo loable pero que no se corresponde con lo que hemos estudiado, me dan ganas de mirar a ver si hacemos una criba contra el intrusismo y hacemos valer una exigencia de puestos de trabajo justos sin que se socave el beneficio empresarial.

 No puedo iniciar ninguna revolución sin que acabe malparado y sólo puedo dar un mensaje positivo frente a esta realidad que cualquiera puede conocer en un abrir y cerrar de ojos: no hay que quedarse de brazos cruzados.

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