Miedo a las palabras


RUBÉN BLANCO / @rbnarros

Enfermedad 1+2Esta semana nos sorprendió con la noticia de la muerte de dos personas conocidas y queridas por todos: Manolo Escobar y Amparo Soler Leal. El primero se califica casi por sí solo o con el estribillo de algunas de sus canciones. La segunda, una actriz fundamentalmente de teatro que, sin embargo, también trabajó a las órdenes de algunos de los directores de cine más importantes de nuestro país, como García Berlanga o Buñuel.

Lejos de que esta reflexión se convierta en un obituario sí sirve, por el contrario, para ilustrar un hecho que se ha venido repitiendo durante bastante tiempo. Manolo Escobar ha muerto como consecuencia del cáncer que padecía desde hace un par de años. Esa es la noticia y el hecho sin más. De forma clara y concisa. Sin interpretaciones de ningún tipo. Bien, pues si tirásemos de hemeroteca y esta muerte se hubiese producido hace un lustro, por ejemplo, el titular sería bien distinto: Manolo Escobar ha muerto como consecuencia de una larga y penosa enfermedad diagnosticada hace un par de años. Y ahí, envuelto de imaginería barroca, aparece un matiz que transforma la noticia en una interpretación de la misma. “Larga y penosa enfermedad”. En este caso concreto, dos años pueden parecer, sin duda, un tiempo lo suficientemente extenso como para calificarlo de largo. Pero otras veces no.

En cuanto a lo de penosa enfermedad, quizá sea necesario preguntarse qué dolencia no causa pena o sufrimiento a quien la padece, sea o no un cáncer. No por escribirlo junto a la palabra “enfermedad” esta adquiere un mayor rango. No. Por todo ello, debido a su inexactitud y a la carga subjetiva que acompaña a esta expresión, se ha ido desterrando de las redacciones. Por fortuna. Hoy sabemos que Manolo Escobar murió de cáncer. Y que disfrazar una cosa sirve para poco más que demostrar que sentimos miedo ante una determinada enfermedad, que era sinónimo de muerte. El periodismo debe evitar caer en el error de no llamar a las cosas por su nombre; de no temer a una determinada palabra. De lo contrario, una guerra ya no sería tal, ni una epidemia y, ni tan siquiera, un veneno.

Y sin dejar de lado el tratamiento informativo que reciben estas noticias, aún queda camino por recorrer para dejar de leer en nuestra prensa aquello de “sentido pésame”. No se trata de una construcción mal hecha o que puede dar lugar a otras interpretaciones pero tampoco aporta nada nuevo. Se ha instalado como el protocolo a seguir y se repite sin más. Dar el pésame a una persona por la muerte de un familiar o amigo ya implica el sentimiento de querer estar cerca y tratar de mitigar, en la medida de lo posible, su dolor. Por tanto, “sentido pésame” es una redundancia que poco consuelo aporta a quien lo recibe más allá de lo que lo hace el simple gesto de de estar allí, en ese momento de sufrimiento.

Pesame 1+2

Lo esencial se recoge en pocas palabras. Sigamos el consejo del escritor Baltasar Gracián cuando afirma que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Evitemos todas aquellas palabras que pueden permitirnos un mayor lucimiento personal (en contados casos) con perjuicio del estilo periodístico. Dejemos la grandilocuencia para los políticos y literatos; seamos austeros en el uso de la lengua. Escribamos periodismo.

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