Otras películas


CARMEN DOMÍNGUEZ / @carmendoji

la foto (1)La cita en Valladolid, como todos los años en otoño, ha sido para muchos con su Semana de Cine. Una sobredosis de películas, de salas en las que se hace cola para entrar, de debates sobre el incierto futuro de esta industria también y titulares para esas visitas relámpago de quienes acercan sus últimos trabajos, recogen algún premio y se van.

Durante más de veinte años he seguido profesionalmente, como periodista de televisión, la SEMINCI. En ese tiempo la he visto crecer, languidecer, renacer y batirse el cobre por mantener una de las escasas ventanas culturales que pasean el nombre de Valladolid un poco más allá de su estación del AVE.

Este año he cambiado de orilla y he seguido el festival del lado de ese público que se acerca una semana a sus taquillas, para casi desaparecer el resto del año de las salas de cine. En este lado no hay inauguraciones reiterativas, canutazos con políticos, actores y viceversa, citas con protagonistas de un día y celebraciones ‘low cost’ que se imponen en estos tiempos de recortes.

Desde aquí se ven otro tipo de películas. Es otro paseo por la Semana de Cine que nada o casi nada tiene que ver con el trabajo de un periodista, con todo eso que yo misma he repetido año tras año, casi como un mantra, con el único objetivo de vender el festival y hacerlo, en mi caso, en el minuto y medio de una pieza de televisión.

En esta otra orilla el tiempo es más largo y no solo se mide en minutos, una película se paladea con un amigo, en las tertulias se escucha de verdad, te puedes reencontrar con compañeros que pasan por Valladolid para ver cuatro películas en un día y también tener tiempo de pasear con ellos. Además puedes cruzar el Estrecho para descubrir varias lecciones de vida e incluso disfrutar con sus enseñanzas de cine en el calor de un aula.

En esta otra orilla el tiempo es más largo y no solo se mide en minutos, una película se paladea con un amigo, en las tertulias se escucha de verdad

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Sin embargo, ver cine marroquí con inmigrantes de este y otros países africanos, que viven ahora en Valladolid, ha sido sin duda mi mejor experiencia desde esta otra orilla. Un gran viaje que me ha convertido en una espectadora privilegiada al lado de gente que apenas puede creer en películas.

En la sala oscura he observado miradas, reacciones, silencios, sonrisas e incertidumbres y he aprendido a pie de sala qué es eso de ver con otras miradas, incluso los finales. “Qué pena que acabe así” alguien dijo al finalizar una de esas proyecciones y con asombro, como si no hubiera entendido nada, otro le contestó, “Pero si es el mejor final posible”.

Sin duda hay otras películas y muchos finales. No hay como fijarse y mirar a nuestro alrededor. 

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