Algunos ‘virus’ del lenguaje periodístico (I)


RUBÉN BLANCO / @rbnarros 

El correcto uso del lenguaje es lo mínimo que se le presupone a todo aquel, nativo o no, que se atreva a comunicarse en un determinado idioma. Claro que, como en todo, hay grados. No es lo mismo utilizar el lenguaje como vehículo de expresión que convertirlo en tu herramienta de trabajo. De esta forma, los periodistas, que utilizamos la lengua a diario para informar de lo que sucede, debemos prestar la máxima atención a la hora de ejercer nuestra labor informativa. Afortunadamente, son pocos los casos en los que hacemos un mal uso del lenguaje, en proporción a la cantidad de noticias que salpican la actualidad del día. Sin embargo, con el objetivo de reducir su aparición, iniciamos esta pequeña sección que sirva de espejo a todos los que, a diario, nos enfrentamos a la crudeza de rellenar un folio en blanco.

Comenzaremos por un virus que se ha extendido por las redacciones pese a su total falta de exactitud: acto masivo. Poco importa si se trata de un concierto, una presentación, una manifestación o la misa por un difunto de renombre. A todos ellos les aplicamos la misma fórmula para acercar al ciudadano el volumen de público asistente. O no. Porque, en realidad, un acto masivo no hace referencia numérica alguna.

Acto masivo 1+2

¿Dónde está el límite para considerar un acto como “masivo”? ¿En cien, mil o más de diez mil personas? ¿O se trata de cifras aún mayores? Nadie lo sabe pero todos lo utilizan. Pese a su ambigüedad. De esta manera, digo yo, nos evitamos el error que puede acarrear escribir una cifra absoluta. Y, también, podemos elaborar una pieza sin la necesidad de haber estado allí presente y comprobar in situ de cuántas personas se trataba. Con la simple nota de prensa elaborada por el gabinete de turno, basta. O nos basta. Y no debería ser así.

El segundo ejemplo trata de hacer un guiño al lector u oyente al calificar de “merecidas” las vacaciones de determinado personaje. Seguramente, la primera vez que se utilizó, el periodista era consciente de que la persona que se tomaba ese descanso se lo merecía. Habría datos que así lo aseguraban. Sin embargo, su vulgarización ha permitido que no siempre (más bien nunca) sepamos si sus vacaciones son un premio al trabajo realizado o simple rutina veraniega. Carecemos de datos para juzgar pero, aún así, vertemos ese juicio de valor sobre la noticia contaminándola.

Merecidas vacaciones

Sin añadir nada relevante, perdemos independencia con relación al protagonista de la pieza informativa. Y no se puede tolerar. Así que será necesario eliminar de nuestro léxico las “merecidas vacaciones” y sustituirlo por el hecho sin más: no estará trabajando por unos días. Que sea el ciudadano, de nuevo, el que valore si las vacaciones del presidente del Gobierno y/o líder de la oposición, son merecidas o no. O que haga una comparación con el volumen de trabajo que conlleva su puesto de trabajo y el de otros y que establezca si es o no merecido dicho descanso. En definitiva, dejemos las opiniones para los columnistas y el ciudadano, bien alejadas de lo que consideramos información.

Como ven, se trata de una simple pincelada de los vicios que cometemos casi a diario a la hora de escribir la información. Pero hay más. Y los veremos.

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